Hay algo peor que no ser escuchado: que alguien te escuche convencido de que ya sabe quién eres.
¿Te ha pasado?
Estás contando algo importante y, antes de terminar, aparece esa frase:
«Te conozco, sé perfectamente lo que vas a decir».
Y ahí se cierra algo.
Porque quizás esta vez ibas a decir otra cosa. Quizás cambiaste de opinión. Quizás llevas tiempo intentando mostrar una parte de ti que el otro todavía no conoce.
Pero no hubo espacio.
Y lo curioso es que todos hemos estado en ambos lados de esa conversación.
Con nuestros hijos, nuestra pareja, los amigos de siempre, nuestros compañeros de trabajo.
«Es que él es así».
«Ella nunca cambia».
«Lo conozco de memoria».
¿De memoria? Qué manera tan extraña de hablar de alguien que sigue viviendo, sintiendo y cambiando.
Sin darnos cuenta, vamos construyendo versiones de las personas. Las hacemos con recuerdos, expectativas, desencuentros, afectos y alguna que otra herida.
Y terminamos escuchando esas versiones en lugar de escuchar a quienes tenemos enfrente.
Lo más inquietante es que mientras nosotros seguimos aferrados a una historia, el otro puede estar intentando escribir una nueva.
Un hijo que ya no es ese niño. Una pareja que necesita algo diferente. Una amiga que aprendió a poner límites.
O tú misma, intentando que alguien comprenda que ya no eres quien eras hace diez años.
¿Cuántas veces hemos querido decir «mírame de nuevo» sin atrevernos a pronunciar esas palabras?
Desde la ontología del lenguaje hay una idea que me acompaña: no escuchamos solamente lo que el otro dice. Escuchamos desde quienes somos, desde nuestras emociones, experiencias y juicios.
Y eso me lleva a pensar que escuchar de verdad requiere cierta valentía.
La valentía de dudar de nuestras certezas.
De hacer una pregunta en lugar de anticipar una respuesta.
De permitir que alguien nos sorprenda, incluso después de compartir toda una vida.
En InGo hablamos de entrar en mí para salir al encuentro.
Y quizás ese encuentro comience cuando me atrevo a preguntarme cuánto de lo que creo saber del otro pertenece realmente a él y cuánto a mi propia historia.
Hoy quiero dejarte una pregunta. No para que la respondas rápidamente, sino para que te acompañe un rato.
¿A quién estás mirando todavía como era, sin darte la oportunidad de descubrir quién es hoy?
Quizás esa persona lleva tiempo esperando que vuelvas a verla.
Porque a veces, para volver a encontrarnos, no necesitamos cambiar de personas. Necesitamos cambiar la manera de mirarnos.Y quizás tú también.
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Marcela Inda
Fundadora de InGo Group · Experiencias que transforman
Maridemos las Palabras · Conversaciones que transforman
